Escritos publicados por los ganadores de la 55ª edición del concurso de Jóvenes Talentos de Relato Corto de Coca Cola (y por los ganadores del concurso en gallego, catalán y euskera), gracias por visitarnos.
domingo, 21 de mayo de 2017
No cruzar las vías.
~Yo he crecido cerca de las vías y por eso sé que la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren~
Fito.
Al bajarme de tu tren, sentí el vacío que había sentido durante toda mi vida concentrado en tres pasos en los que el alma me pesaba más que mi propio cuerpo.
-"No es justo. ahora te besaría." - Me dijiste con voz suave.
-"Pero eso tampoco sería justo. Para ninguno de los dos"- Pensé.
Cuando bajé del vagón, sólo podía pensar en nuestro último abrazo, en el que te pedí que no me soltases, aunque, sabía que no podría ser. Tú me soltaste y yo me bajé del tren. Una vez en el andén, me di la vuelta para verte por última vez asomada a la ventanilla, mirándome con esos ojos que hablan y dicen más que las propias palabras.
Por mi mente pasó entonces el recuerdo de los dos sentados en el borde de una fuente. Allí, tú me preguntaste: "Si pudieras cambiar algo de tu vida sin cambiarte a ti, ¿qué cambiarías?"
La respuesta me resultó sencilla: -"No haberla conocido"
Entonces tú sólo asentiste con la cabeza y mirando al frente dijiste: -"Yo también"
En ese momento los dos nos quedamos en silencio. Un silencio que acompañado por el ruido de Madrid ya anochecida, nos hizo imaginar nuestras vidas cambiando un sólo detalle que, a ojos de cualquier otro, podría parecer insignificante. Los dos, sin quererlo, reparamos en lo mismo.
-"Estaría contigo."
-"Lo hemos pensado los dos, pero yo no me atreví a decirlo en voz alta"- Te confesé.
Tú me lanzaste una sonrisa cansada, y cabeceaste en lo que parecía un gesto de asentimiento que no llegó a terminarse.
De pronto, volví en mí. El tren ya se había ido, contigo dentro. Estaba sólo con mis recuerdos.
"No cruzar las vías"- Leí en un cartel.
"Debería haberlas cruzado"- Me dije.
Y me monté en mi propio tren.
José J. Granados.
domingo, 9 de abril de 2017
"Memoriae"
Aquel
niño sostenía la hoz que su padre le había entregado antes de su marcha para
que trabajara en el campo mientras regresaba. Pero el niño no era capaz de
moverse. Sólo podía mirar la hoz fijamente.
De
pronto la voz de una niña le despertó de su sueño.
-hola.-le
dijo la niña.
-hola.-consiguió
articular él.
-¿qué
haces?- preguntó la niña.
El chico no pudo hacer otra cosa que alzar la vista para mirarla por
primera vez. Reparó en su pelo, oscuro pero brillante como un rayo de luna en
una noche oscura. Su piel era pálida, sus labios rosados y su voz limpia, casi
etérea. Sin embargo lo que cautivó al chico no fue su voz, ni su piel, ni su
sonrisa. Lo que atrajo de verdad la atención del chico fue su mirada. Una
mirada que te traspasaba por dentro. Que le hizo parecer desnudo. Era una
mirada profunda, tanto que había una tristeza perdida en esa profundidad casi imperceptible,
pero existente.
-Sólo
miro. Es la hoz de mi padre.
-Vaya. Y…
¿Dónde está tu padre?
En ese
momento al chico se le cayó el alma al suelo. El corazón le dio un vuelco y
sólo quería echarse a llorar, aunque por supuesto no lo hizo. Sólo miró a la
niña que parecía tener su misma edad intentando explicarse el por qué de que
esa pregunta hubiera llegado tan al fondo de su corazón. Otras personas ya le
habían hecho esa pregunta antes, pero siempre había podido controlar sus
emociones. ¿Por qué viniendo de ella parecía que una lanza le hubiese
atravesado el pecho y se hubiera quedado atravesándole?
-Eh… yo…
Entonces,
el chico se levantó y corrió a la granja de su madre. Se sintió como un auténtico
cobarde, pero hubiera sido peor proseguir con esa conversación.
Al
llegar a casa le preguntó a su madre por la chica que vivía en la parcela
vecina, y su madre sólo negó con la cabeza y suspiró. “Su padre también se fue”
pensó el chico. Y se sintió como un auténtico imbécil. Sólo subió a su cuarto,
y durante las siguientes semanas, esa chica estuvo dentro de su mente sin
querer salir. Cada noche antes de dormir pensaba en ella. Cada día al trabajar.
Cada noche que miraba la Luna. Pero no volvió a verla… al menos en un tiempo.
Axael
abrió los ojos de golpe. Sus alas se desplegaron en cuestión de milésimas de
segundo. No sabía cuánto había estado dormido, pero ahora, en la oscuridad de
esa celda, encadenado, empezaba a recordar una vida que parecía ser real. Esta vez
si.
“Empiezo
a recordarte.”
José J. Granados
miércoles, 8 de marzo de 2017
I
I; gràcies per deixar-me formar part de tu. T'estim. Feliç 8 de març a la que serà la dona més valenta, forta i lliure que el món veurà mai.
Ella, la chica de los ojos azules, de las miradas
traviesas, de la melena rubia cerveza, bailaba “Dancing Queen” sin darse cuenta
de que era, sin ninguna duda, la única reina del baile. Bailaba para dar la
vuelta al mundo. A su mundo. Y os juro que verla, descalza, libre, feliz, era
hechizante.
Ella, la chica de las mil y una noches, la misma
que se dormía viendo pelis y que se avergonzaba cuando le salía un grano,
cantaba; para hacernos felices y para hacerse feliz. No tenía nada que
envidiarle a las estrellas de Broadway. Se aprendía canciones de Green Day para
tarareármelas y hacerme sonreír o repetía, con la misma voz de la gran Amy
Winehouse, el “No, no, no” de “Rehab” para que me sintiera orgullosa de ella. Y
nunca he dejado de estarlo.
Es tan bonita que duele y brilla de forma
especial, como si estrenase zapatos nuevos cada día.
Sigo pensando que es una sirena, que vino del mar
para salvarme. Sus ojos le delatan. O quizás sea un hada, mágica, por
supuesto, ya que cuando me abraza, arregla todas las piezas rotas de mi
interior. Si eso no es magia, entonces, ¿qué es?
Maria Victory Cirer
domingo, 5 de marzo de 2017
Miró
Miró hacia abajo.
"¿¡Por qué!?"
"´Porque me lo pediste-dijo mirando a los ojos llenos de ansia- a mi me da igual".
Miró hacia arriba.
La piedrecilla cayó entre sus dos ojos.
"¿Ves?- le gritó, mirando con ojos que reflejaban la muerte- ¡es su culpa!"
Pestañeó.
Sus ojos estaban blancos.
La piedrecilla se resbalo y cayó. No tuvo otra opción que resbalarse y caer detrás de ella.
"¿¡Por qué!?"
"´Porque me lo pediste-dijo mirando a los ojos llenos de ansia- a mi me da igual".
Miró hacia adelante.
"¡¿Cuándo?!"
"Antes del siguiente, después del anterior"- mirando a los ojos que el pánico llenaba.
Miró hacia arriba.
La piedrecilla cayó entre sus dos ojos.
"¿Ves?- le gritó, mirando con ojos que reflejaban la muerte- ¡es su culpa!"
Pestañeó.
Sus ojos estaban blancos.
La piedrecilla se resbalo y cayó. No tuvo otra opción que resbalarse y caer detrás de ella.
-BB
martes, 28 de febrero de 2017
Miel y perlas
Concédeme este baile. Hagamos nuestra la canción que guía a todas las parejas de esta sala, las lágrimas de algunas por nunca existir, los llantos de otras por haberlo hecho. Deslumbremos con tus ojos de miel y mi sonrisa de perlas, y cuando todos estén alerta a cada uno de nuestros movimientos, esos que han apresado la fijación de sus miradas, vayámonos dejándolos con las ganas. Cenemos en el bar de la esquina, ¿por qué no?, emborrachémonos, somos jóvenes. Esta noche es nuestra, que brillen nuestras risas y no nuestras lágrimas. Brindemos por el principio de un camino del que no conocemos el final. Está bien, entiendo que hoy no pueda acompañarte a dentro de tu casa, pero volveremos a quedar, ¿verdad?
Ya
sé que es sólo un paseo, pero he visto tu mano al lado de la mía y no
he podido contenerme. Sígueme a través de la calle, que a nuestros ojos
semeja el universo al ser cruzado por dos almas a punto de estallar de
felicidad. Sentémonos a tomar el helado en ese banco desgastado. Déjame
acercarme a ti y robarte uno de esos por los que me tienes loco. Vayamos
al cine, pasaré el brazo por tus hombros, quizá después nos apetezca
salir a cenar. Dejemos atónitos a los pobres que alguna vez pudieron
llamarse enamorados, que ven reflejado su corazón en nuestros rostros,
que envidian nuestras manos luchando por liberar las suyas de sus
cadenas. Te acompañaré a casa, es mejor que no andes sola a estas horas.
Vamos, no me dejes en la puerta, sé que no puedes resistirte a esta
sonrisa.
Tus
labios en mi piel son el mejor despertador, pero debo irme antes de que
alguien note mi ausencia. Vamos, sé que estás deseando decirlo, esas
dos palabras se te acumulan en la garganta y me cortan la respiración;
no dejes que se las lleve el viento, grítalo: te quiero. Acompáñame hoy a
cenar, he oído sobre un sitio perfecto para nosotros. Y hablemos, de
paso, sobre lo bien que estamos juntos, sobre lo espaciosa que es tu
casa, sobre la ausencia de ningún compañero de piso.
No
te preocupes si no le acabas de gustar a mi madre, al final te acabará
cogiendo cariño. Ayúdame a meter esta caja en el coche, y arranquemos ya
hacia una nueva vida juntos, durmiendo en la misma cama, comiendo en la
misma mesa, soñando la misma vida.
¿Recuerdas
aquel bar de la esquina? Sé que hace mucho que no lo hacemos, pero
salgamos hoy a cenar. Esta noche tus ojos me recuerdan a aquellos del
primer día, a los que les prometí la Luna sin saber que esta ya había
bajado para mí. ¿Qué te parece si mientras traen el postre me arrodillo?
Sí, el anillo es para ti, y te queda fantástico.
El
blanco te sienta increíble. Vamos, dame ese beso para sellar el sobre
que contiene nuestra próxima vida. Viajemos, bailemos, hagamos más
locuras de las que ya nos caracterizan. Ahora empieza todo.
Claro
que te quiero, pero comprende que tengo mucho trabajo, y nuestras
discusiones me estaban desconcentrando; sólo es un moratón, no montes
una escena por eso. Te lo compensaré esta noche.
A
mí también me parece preciosa la hija de tu hermana, y no es tan mala
esa idea, podríamos intentarlo; aún somos jóvenes; podremos con todo.
Vaya, siento muchísimo lo de tu padre, pero tranquila, yo estoy aquí, no
dejaré que te ocurra nada.
Deja
de llorar, es una niña preciosa, con los ojos de su madre. Mira cómo se
ríe, parece que tuviera mi sonrisa. No grites, o la despertarás. Me
estás obligando a callarte, yo sólo quiero lo mejor para ti y para ella.
Vamos, no pongas esa cara, tú misma te lo buscaste.
Mírala,
ha dicho su primera palabra. Ya sabe ponerse en pie ella sola, ayúdala a
caminar. ¿Qué son esos papeles, por qué no me lo habías consultado
antes? No nos vamos a divorciar, estamos perfectamente, déjame besarte.
No llores más y cierra la puerta, no quiero que la niña oiga lo que tú
misma has provocado.
Ya
he dejado a nuestra hija en el colegio. Mira lo que te he traído, es un
collar. Sabía que te gustaría. Ahora ya puedes volver a pensarte lo de
los papeles con tranquilidad, ¿verdad?
Deja
de mirarte al espejo compadeciéndote de ti misma. Todos hemos recibido
golpes merecidos en nuestra vida, no es culpa mía si tú te los mereces
más que nadie. Vamos, no me hagas esto, me estás obligando otra vez.
Han
llamado del instituto de nuevo. Mira cómo has criado a tu propia hija,
cómo ha salido. Tendrás que ir a hablar con el director, yo estoy muy
ocupado con el trabajo.
Hoy
nuestra hija ha tenido su primer baile de fin de curso. Entrará en la
universidad el año que viene. ¿Recuerdas el nuestro, cuando te pedí un
baile, cuando salimos a cenar, cuando decidimos crear nuestra vida
juntos? ¿Recuerdas cuando te prometí quererte siempre, estar por siempre
juntos, que a nuestro lado las corcheas se sentirían separadas, los
días solitarios? ¿Lo recuerdas? Vamos, contesta, sé que lo recuerdas,
¿verdad, cariño? ¿Dónde estás? ¿Qué haces ahí colgada? ¿Por qué has
tirado la silla? Cariño, dime que estás bien.
Dímelo.
Sofía Santos
Galicia
miércoles, 28 de diciembre de 2016
Érase una vez...
Soy el caballero, la
princesa y el dragón. Todo a la vez. Construyo torres altas donde me
encierro para después rescatarme de mí misma, de mi propio fuego,
cuando sé perfectamente que la única persona que puede salvarme
eres tú. Y no estás. Hace tiempo que no estás... o quizá nunca estuviste. Quizá solo fue un cuento más.
Maria
Victory Cirer
domingo, 18 de septiembre de 2016
Sálveme quien pueda
A veces no soy yo, busco un disfraz mejor.
Bailando hasta el apagón...
¡Disculpad mi osadía!
– Vetusta Morla, Valiente
Ya no recuerdo cómo era antes de mí misma, y ahora tengo depresión postraumática por culpa de ello. Y me resulta tan irónico como que me ría sólo por enseñar los dientes.
Estoy frente al mar y su actitud nunca me ha resultado tan chocante como la mía, y por eso me río. Me río porque el agua fluye y yo no, y qué otra cosa me queda si no reírme o echarme a llorar para volver a casa y ahogarme. Soy consecuente de que me comporto como una niña pequeña, pero es que mi síndrome de Peter Pan nunca quiso crecer.
Por mucho que corro no consigo despegar ni mis pies ni mi imaginación del suelo, y también soy consciente de que voy a acabar comiéndome de bruces a mi mayor álter ego como siga intentándolo; menos mal que sólo estoy yo (en mi) presente para reír como un psicópata terminal antes de amar a su presa y para arrastrar mi cadáver hasta llevarlo de vuelta a la marea o a su hogar.
Hogar... Hace tanto que no pronuncio en voz alta esa palabra, que he olvidado cuáles eran sus abrazos. Creo que debería viajar en el tiempo, de verdad que no lo recuerdo porque me estoy olvidando de cómo era antes de ser yo misma.
Menos mal que también soy una vagabunda, errante y pérdida, y no sé volver tras mis pasos.
Una vez me dijeron que era «la caja negra de un romance en turbulencias». Les bailé los recuerdos por ingenuos: soy un ramo de espinas nerviosas en la mano de un enamorado que va a ser rechazado. Y todo porque no recuerda su nombre ni el de su amada.
Menos mal que soy. Y estoy. Aquí.
sábado, 27 de agosto de 2016
No estamos para correr riesgos.
Los años pesaban sobre mis hombros, encorvando mi figura, y se me caía el pero gris que ya no tenía. Escuchaba música de otras épocas, y el polvo del tiempo se apoyaba delicado sobre las grietas imborrables de mi cara.
Me había perdido ya demasiados amaneceres, y había visto las mismas estrellas demasiadas veces. Tantas, que ya ni fugaces pasaban por mi mente.
Mis ojos, hartos de las cosas horribles que este mundo les obligaba a ver, ya eran casi ciegos, casi mudos y medio mancos. La miel de sus iris eran ahora solo hojas quebradizas en otoño, continuamente amenazando con caer.
Olía a muerte.
Claro que yo no lo notaba.
Al menos no la mía.
Pero a mi alrededor todo había cambiado. Todos mis amigos, familiares, compañeros... Todos ellos habían desaparecido. No habían dejado cartas de despedida, ni besos de pintalabios en el cristal del coche, ni caricias de carton en el roce de una mano con la piel.
Caminaba arrastrando los pies por el surco de un camino tantas veces recorrido.
Que dolor de piernas. Como tira la espalda. Que poca hambre.
Dar un paso me costaba un suplicio, y dar dos perder el equilibrio y tal vez la vida.
No estamos para correr riesgos. Mejor me siento en la calma y nos lo tomamos todo con mas cama. Así que apoyé la cabeza en la almohada, y me dediqué a mirar al techo.
Que mal momento para no creer en Dios, y cuantas ganas de rezar por la vida.
Por la vida que no viví, por la vida que desperdicié, por la vida que ahora se me escurre entre los dedos y se escapa con cada aliento.
Esas cadenas que me até cuando era joven, que aún no se han oxidado. Esas mismas que me impidieron salir a comerme el mundo, y que hicieron que él terminara por comerme a mí.
Qué típico.
Qué estúpido.
Qué cantidad de cristales rotos circulando con la sangre, provocando arritmias cada vez que perforan el corazon
"Yo quería ser poeta"
No todos valen para eso. Mejor estudia una carrera (y corre). Vete lejos. Y sé poeta, poesia, prosa, y represalia. Porque escucha: al llegar al cajón de madera, todo el polvo es igual. Así que aprovecha ahora, que aún estás a tiempo.
A no ser que seas ya ese cuerpo con un anciano dentro.
Entonces, amigo, lector, camarada:
Entonces estás jodido.
Me había perdido ya demasiados amaneceres, y había visto las mismas estrellas demasiadas veces. Tantas, que ya ni fugaces pasaban por mi mente.
Mis ojos, hartos de las cosas horribles que este mundo les obligaba a ver, ya eran casi ciegos, casi mudos y medio mancos. La miel de sus iris eran ahora solo hojas quebradizas en otoño, continuamente amenazando con caer.
Olía a muerte.
Claro que yo no lo notaba.
Al menos no la mía.
Pero a mi alrededor todo había cambiado. Todos mis amigos, familiares, compañeros... Todos ellos habían desaparecido. No habían dejado cartas de despedida, ni besos de pintalabios en el cristal del coche, ni caricias de carton en el roce de una mano con la piel.
Caminaba arrastrando los pies por el surco de un camino tantas veces recorrido.
Que dolor de piernas. Como tira la espalda. Que poca hambre.
Dar un paso me costaba un suplicio, y dar dos perder el equilibrio y tal vez la vida.
No estamos para correr riesgos. Mejor me siento en la calma y nos lo tomamos todo con mas cama. Así que apoyé la cabeza en la almohada, y me dediqué a mirar al techo.
Que mal momento para no creer en Dios, y cuantas ganas de rezar por la vida.
Por la vida que no viví, por la vida que desperdicié, por la vida que ahora se me escurre entre los dedos y se escapa con cada aliento.
Esas cadenas que me até cuando era joven, que aún no se han oxidado. Esas mismas que me impidieron salir a comerme el mundo, y que hicieron que él terminara por comerme a mí.
Qué típico.
Qué estúpido.
Qué cantidad de cristales rotos circulando con la sangre, provocando arritmias cada vez que perforan el corazon
"Yo quería ser poeta"
No todos valen para eso. Mejor estudia una carrera (y corre). Vete lejos. Y sé poeta, poesia, prosa, y represalia. Porque escucha: al llegar al cajón de madera, todo el polvo es igual. Así que aprovecha ahora, que aún estás a tiempo.
A no ser que seas ya ese cuerpo con un anciano dentro.
Entonces, amigo, lector, camarada:
Entonces estás jodido.
Acordes de un amor roto
"If
the love that I got for you is gone, if the river I've cried ain't that long;
then
I'm wrong yeah I'm wrong, this ain't a love song"
La música comenzó a sonar. Lentamente,
mientras el oscuro vinilo giraba, ambos se unieron al baile que mantenía
absortos a tantos corazones.La agarró del alma y comenzaron a balancearse al son de sus latidos, mientras él acariciaba cada centímetro de su mente, adentrándose cada vez más en ella, haciéndole crecer unas hermosas alas.
Ella se acercó a su interior y se apoyó sobre él, dejando que la música invadiera su cuerpo y comenzara a inyectarse en sus venas. Se apartó unos centímetros para contemplar la oscuridad de su mirada, haciéndola sentir pequeña frente a aquel corazón cosido con acordes.
Se dejaron llevar como dos almas sin rumbo, renunciando a despegarse; los dos querían ganar la batalla contra el tiempo. Acompasaron sus latidos para tocar al son del otro, para que sus pulsaciones comenzaran a apresurarse al rozar las grietas de ambos.
Sus heridas comenzaron a repararse a cada movimiento que realizaban, quedando expuestos a la música, que ya circulaba con naturalidad por sus arterias; era lo que los mantenía vivos.
Sin siquiera saberlo, en los dos corazones comenzó a crearse un pequeño hueco donde los dos se colaron para refugiarse de todo. Ya no eran dos almas sin rumbo bailando al son de sus latidos, sino un solo corazón transportándose con cada nota de música.
Lentamente, los acordes que los habían acorralado entre las paredes de su mente comenzaron a sonar más viejos, volviéndose rotos, llegando a ser tan sólo suspiros en medio de la noche. Se estropearon lentamente, empequeñeciéndose con cada movimiento, sonando más y más bajos, hasta ser imperceptibles para nadie más que para ellos.
Hasta que la canción terminó.
Y en silencio, sin una palabra y sin haberse confesado sus dudas y temores, los dos corazones comenzaron a separase, haciendo más y más grande la distancia entre ellos.
Ella guardó sus alas y él las cerró con llave, prometiendo no volver a echar a volar solos nunca más.
Y se marcharon,
separándose para siempre.
Sofía
Santos
Galicia
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